La Eurocámara enviará en febrero una misión de eurodiputados a Ceuta para conocer sobre el terreno las consecuencias de la entrada irregular de miles de migrantes. ¿En febrero? Resulta difícil no preguntarse qué clase de respuesta europea es esa cuando los hechos que motivan la visita ocurrieron el 30 de julio. Habrían pasado siete meses. Siete meses para que Europa decida mirar hacia una ciudad que sufrió una situación extraordinaria y que seguro que todavía arrastrará buena parte de sus consecuencias. A este paso, más que una misión de investigación, parece una excursión organizada fuera de temporada. Solo faltaría que vinieran a disfrutar de los carnavales.
La Eurocámara enviará en febrero una misión de eurodiputados a Ceuta para conocer sobre el terreno las consecuencias de la entrada irregular de miles de migrantes. ¿En febrero? Resulta difícil no preguntarse qué clase de respuesta europea es esa cuando los hechos que motivan la visita ocurrieron el 30 de julio. Habrían pasado siete meses. Siete meses para que Europa decida mirar hacia una ciudad que sufrió una situación extraordinaria y que seguro que todavía arrastrará buena parte de sus consecuencias. A este paso, más que una misión de investigación, parece una excursión organizada fuera de temporada. Solo faltaría que vinieran a disfrutar de los carnavales.
Lo que Ceuta necesita no es una visita protocolaria cuando todo haya pasado, sino que los eurodiputados vengan ahora, mientras la ciudad sigue lidiando con las consecuencias de aquella entrada masiva. Que recorran la frontera, que hablen con los servicios de emergencia, con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, con los sanitarios, con los empresarios, con los vecinos y con quienes tuvieron que afrontar en primera persona una situación que desbordó a la ciudad. Que vean con sus propios ojos lo que ocurrió y, sobre todo, lo que todavía está ocurriendo.
Porque si Europa quiere realmente entender lo sucedido, tendrá que atreverse a mirar más allá de la etiqueta de “crisis migratoria”. Lo ocurrido el 30 de julio merece ser analizado también desde la perspectiva de la seguridad, de la frontera exterior de la Unión Europea y de las relaciones con Marruecos. Ceuta necesita que las instituciones europeas estudien si aquello respondió a una estrategia de presión y si puede encuadrarse en el concepto de ataque híbrido. Y eso no se puede valorar cómodamente desde un despacho de Bruselas siete meses después.
Mientras tanto, el Gobierno de Pedro Sánchez continúa manteniendo una relación privilegiada con Mohamed VI y evitando elevar el tono frente a Rabat, incluso cuando Ceuta ha tenido que soportar una situación de enorme gravedad. Europa, al menos, debería tener la valentía de venir y preguntar qué pasó realmente. No para hacerse una foto ni para elaborar otro informe que termine durmiendo en un cajón, sino para determinar responsabilidades, extraer conclusiones y poner mecanismos para que una situación semejante no vuelva a repetirse.
Febrero es demasiado tarde. Europa tiene que venir a Ceuta ya. Si quiere saber qué ocurrió, que no espere siete meses para preguntar. La frontera exterior de la Unión no puede convertirse en un asunto de agenda cuando ya no ocupa los titulares. Ceuta no necesita visitas turísticas ni gestos de cara a la galería: necesita que Europa esté presente cuando más falta hace.


