Opinión
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Hay fenómenos que, por su escala aparentemente menor, revelan con más precisión que los grandes titulares la profundidad de una crisis. El urbanismo irregular en Ceuta es uno de ellos. Desde hace semanas, en los barrios de la parte alta de la ciudad, como Azcarate, se está produciendo un fenómeno que los medios locales y las fuerzas de seguridad han comenzado a documentar: familias marroquíes residentes en Ceuta están ampliando ilegalmente sus viviendas para acoger a los inmigrantes llegados durante la entrada masiva del 30 y 31 de julio. Levantan nuevas plantas sobre las existentes, añaden habitaciones, compartimentan espacios, y convierten lo que eran viviendas familiares en estructuras de alojamiento hacinado que se alquilan a los recién llegados. Esos son los pisos patera, un fenómeno que ya existía antes de la crisis, pero que se ha multiplicado de forma exponencial desde entonces, hasta el punto de que la Policía Nacional ha localizado en una sola semana a veintiocho inmigrantes hacinados en dos inmuebles, uno en la barriada de El Príncipe y otro en Loma Colmenar, este último todavía en construcción y sin agua corriente ni electricidad.

Hay fenómenos que, por su escala aparentemente menor, revelan con más precisión que los grandes titulares la profundidad de una crisis. El urbanismo irregular en Ceuta es uno de ellos. Desde hace semanas, en los barrios de la parte alta de la ciudad, como Azcarate, se está produciendo un fenómeno que los medios locales y las fuerzas de seguridad han comenzado a documentar: familias marroquíes residentes en Ceuta están ampliando ilegalmente sus viviendas para acoger a los inmigrantes llegados durante la entrada masiva del 30 y 31 de julio. Levantan nuevas plantas sobre las existentes, añaden habitaciones, compartimentan espacios, y convierten lo que eran viviendas familiares en estructuras de alojamiento hacinado que se alquilan a los recién llegados. Esos son los pisos patera, un fenómeno que ya existía antes de la crisis, pero que se ha multiplicado de forma exponencial desde entonces, hasta el punto de que la Policía Nacional ha localizado en una sola semana a veintiocho inmigrantes hacinados en dos inmuebles, uno en la barriada de El Príncipe y otro en Loma Colmenar, este último todavía en construcción y sin agua corriente ni electricidad.

El fenómeno no es casual. Responde a una lógica económica perfectamente identificable. La llegada de miles de personas en situación irregular ha creado una demanda súbita de alojamiento barato, discreto y sin preguntas. Y ha aparecido una oferta igualmente rápida: familias que disponen de una vivienda, de un terreno o de un local y que ven en el alquiler de espacios mínimos una oportunidad de negocio. Los precios que se cobran por una habitación compartida, por una litera, por un espacio en un garaje o en un sótano, son elevados en relación con las condiciones ofrecidas, pero resultan asequibles para personas que no tienen alternativa. En algunos casos, según las fuentes policiales, los responsables de los pisos patera aceptan trabajos de reforma o ampliación como pago, lo que genera una dinámica perversa: los propios inmigrantes contribuyen con su mano de obra a la construcción de las viviendas que luego les alojarán, en condiciones de precariedad y sin ninguna garantía jurídica ni sanitaria.

El impacto de este fenómeno sobre la ciudad es múltiple. En primer lugar, hay un impacto sobre el mercado de materiales de construcción. Según la información difundida, el trasiego de material entre las familias marroquíes no descansa y ha dejado sin existencias a los ciudadanos ceutíes que necesitan hacer cualquier obra. Ladrillos, cemento, pintura: los materiales desaparecen de los almacenes para alimentar las ampliaciones ilegales, mientras los residentes que quieren reformar sus viviendas con licencia se encuentran con que no hay suministro disponible. Esa competencia desleal por los recursos, además de generar tensiones vecinales, revela hasta qué punto la actividad irregular se ha convertido en un sector económico paralelo, que funciona al margen de las normas y que distorsiona el mercado formal. En segundo lugar, hay un impacto sobre la seguridad y la salubridad. Los inmuebles en los que se alojan los inmigrantes carecen, en muchos casos, de las condiciones mínimas de habitabilidad: sin agua corriente, sin electricidad, sin ventilación, sin servicios higiénicos adecuados. Esas condiciones son un caldo de cultivo para enfermedades infecciosas, para incendios y para todo tipo de riesgos, que no solo afectan a quienes viven en ellos, sino al conjunto de la ciudad. En tercer lugar, hay un impacto sobre la convivencia. La proliferación de pisos patera en barrios concretos genera tensiones entre vecinos, deteriora la imagen de las zonas afectadas, atrae actividades delictivas y contribuye a la sensación de inseguridad que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha cuantificado en un aumento del sesenta por ciento de la delincuencia desde agosto.

El Gobierno de Ceuta ha reconocido un aumento de las denuncias por obras sin licencia, especialmente nuevas plantas y modificaciones de edificios existentes. Ese reconocimiento, formulado con la prudencia administrativa habitual, es una admisión implícita de que la ciudad está perdiendo el control sobre su propio urbanismo. Las normas de edificación, los planes urbanísticos, las licencias de obra, las inspecciones municipales: todo ese entramado regulatorio que garantiza que las ciudades crezcan de forma ordenada y segura está siendo desbordado por una realidad que avanza más rápido que la capacidad de control de las administraciones. Y esa pérdida de control no es solo un problema urbanístico. Es un síntoma de que el Estado, en su conjunto, ha perdido la capacidad de hacer cumplir la ley en Ceuta. Si no se pueden impedir las ampliaciones ilegales, si no se pueden clausurar los pisos patera, si no se pueden sancionar a quienes lucran con el hacinamiento de personas en situación irregular, ¿qué garantía hay de que se puedan cumplir otras normas? La respuesta, por desgracia, es que ninguna.

Las fuentes policiales citadas por los medios señalan que más de diez mil inmigrantes permanecen ocultos en pisos patera, garajes, locales y casas abandonadas de Ceuta, esperando su oportunidad para viajar a Algeciras o Málaga. Esa cifra, que duplica las estimaciones oficiales del Ministerio del Interior, revela la magnitud real del problema. Si el Gobierno sostiene que permanecen en Ceuta entre tres mil y tres mil quinientos inmigrantes, mientras las fuentes policiales hablan de más de diez mil ocultos, la discrepancia no es un detalle menor: es la constatación de que el Estado no sabe cuántas personas hay en la ciudad, ni dónde están, ni qué hacen. Y esa ignorancia es precisamente lo que permite que el fenómeno de los pisos patera prospere. Sin un control efectivo sobre la población que reside en la ciudad, sin un registro actualizado de quién está y dónde está, sin una capacidad real de inspección y sanción, los pisos patera seguirán multiplicándose. Y con ellos, los problemas de salubridad, de seguridad y de convivencia que llevan aparejados.

El fenómeno del urbanismo irregular en Ceuta tiene además una dimensión que trasciende lo estrictamente local. La ciudad autónoma es un territorio español, europeo, con una superficie limitada y una densidad de población elevada. La multiplicación de construcciones ilegales, el hacinamiento en viviendas que no cumplen las normas mínimas, la ocupación de garajes, locales y casas abandonadas para alojar a personas en situación irregular, configuran un escenario que no solo afecta a la calidad de vida de los ceutíes, sino que compromete la seguridad de la propia frontera sur de Europa. Los pisos patera son, en muchos casos, el último eslabón de una cadena que comienza con la entrada irregular, continúa con la ocultación y culmina con el traslado clandestino a la Península. Cerrar ese eslabón, impidiendo que los inmigrantes encuentren alojamiento irregular en Ceuta, es una condición necesaria para recuperar el control de la situación. Pero para lograrlo no basta con aumentar las inspecciones o con imponer sanciones más severas. Es necesario un plan integral que aborde las causas del fenómeno, que ofrezca alternativas de alojamiento controlado, que agilice los procedimientos de devolución y que restaure la autoridad del Estado en todos los ámbitos de la vida de la ciudad.

Mientras tanto, las grúas siguen trabajando en la parte alta de Azcarate. Los ladrillos siguen desapareciendo de los almacenes. Las familias siguen ampliando sus viviendas sin licencia. Los inmigrantes siguen llegando a los pisos patera. Y la ciudad, poco a poco, va perdiendo el control de su propio territorio. El urbanismo irregular es una muestra, pequeña pero significativa, de la invasión. Una muestra de que cuando el Estado pierde el control de una frontera, las consecuencias se extienden a todos los ámbitos de la vida social. Y una muestra, en fin, de que recuperar la normalidad en Ceuta no es solo una cuestión de devoluciones, de triajes o de expulsiones. Es una cuestión de restaurar la legalidad en todos los planos, incluido el más cotidiano, el más cercano, el que afecta a las calles, a las viviendas y a la convivencia de los vecinos. Porque una ciudad en la que se construye sin licencia, en la que se alquilan espacios inhumanos a personas desesperadas, en la que los materiales desaparecen y las normas se incumplen, no es una ciudad normal. Es una ciudad que ha dejado de funcionar como tal. Y recuperar esa normalidad es la tarea más urgente que tienen por delante las administraciones.

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Ceuta, Domingo 04 de Octubre del 2026

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