Hay personas que necesitan una causa para sentirse importantes y luego están quienes necesitan una cámara, un micrófono y una audiencia para convencerse de que lo son. En Ceuta conocemos bien el segundo modelo. La autodenominada activista, influencer, youtuber o lo que toque según el algoritmo de turno lleva tiempo paseando por la ciudad una superioridad moral que ya empieza a resultar tan cansina como sus discursos. La conocida como 'Barbie Gaza' habla desde el púlpito, mira por encima del hombro y parece haber confundido tener seguidores con tener razón. Y no, querida: que te vea mucha gente no significa que te admire.
Hay personas que necesitan una causa para sentirse importantes y luego están quienes necesitan una cámara, un micrófono y una audiencia para convencerse de que lo son. En Ceuta conocemos bien el segundo modelo. La autodenominada activista, influencer, youtuber o lo que toque según el algoritmo de turno lleva tiempo paseando por la ciudad una superioridad moral que ya empieza a resultar tan cansina como sus discursos. La conocida como 'Barbie Gaza' habla desde el púlpito, mira por encima del hombro y parece haber confundido tener seguidores con tener razón. Y no, querida: que te vea mucha gente no significa que te admire.
Lo verdaderamente divertido es ese papel de gran referente humanitario que se ha construido a golpe de vídeos y proclamas. Mucha denuncia, mucha indignación, mucha pose y mucho señalar a los demás. Pero cuando alguien se presenta como la gran conciencia moral de nuestro tiempo, lo mínimo que se le puede exigir es coherencia. Porque resulta bastante fácil repartir lecciones de humanidad cuando uno se coloca voluntariamente por encima del resto y convierte cada discrepancia en una nueva oportunidad para sentirse víctima y protagonista al mismo tiempo.
Y aquí llega la parte que más chirría: si Ceuta es tan horrible, si sus ciudadanos son tan despreciables, si todo lo que ocurre aquí le produce semejante animadversión y si nuestra ciudad parece ser, según su relato, poco menos que el epicentro de todos los males del planeta, ¿qué demonios hace todavía aquí? Nadie la ha condenado a vivir en Ceuta. Granada existe. España es bastante grande. Hay miles de lugares donde puede desarrollar su activismo, grabar sus vídeos y explicar al mundo sus verdades universales. Porque marcharse de un sitio que detestas es infinitamente más elegante que permanecer en él para recordarle cada día a sus habitantes cuánto los desprecias.
Y luego está la inevitable cuestión de la coherencia entre el personaje y la vida que muestra. Si se pretende representar al ciudadano corriente, habrá quien se pregunte cómo encajan determinados signos de un nivel de vida elevado —una vivienda que muchos trabajadores no podrían permitirse o un vehículo de alta gama— con determinados discursos sociales. Evidentemente, tener dinero no convierte a nadie en hipócrita; faltaría más. Pero tampoco concede un salvoconducto para pontificar sobre la vida de los demás. Si vas a repartir carnés de moralidad, conviene recordar que la gente también puede examinar tu escaparate.
Quizá el problema sea precisamente ese: que se ha tomado demasiado en serio su propio personaje. Se cree imprescindible, trascendental, revolucionaria. Y puede que simplemente sea una persona con una cámara, una opinión y una audiencia. Nada más. Ceuta no necesita que nadie venga a explicarle desde un pedestal lo que debe pensar, sentir o defender. Y mucho menos necesita una especie de mesías de las redes sociales que convierte cada polémica en combustible para seguir alimentando su personaje. Si realmente no soporta Ceuta, tiene una solución magnífica, gratuita y al alcance de la mano: irse. Y, sinceramente, quizá todos salgamos ganando. Ella podrá encontrar un lugar que le guste más y los ceutíes podremos recuperar algo que vale muchísimo más que cualquier número de seguidores: la tranquilidad.


