Hay asuntos sobre los que España no puede permitirse titubeos, y la defensa de Ceuta es uno de ellos. El PP ha hecho bien en advertir a Marruecos de que la integridad territorial española se defenderá “con firmeza”. No se trata de buscar una pelea diplomática ni de alimentar tensiones innecesarias: se trata de dejar claro que Ceuta es España, que sus fronteras son españolas y que ningún país puede jugar con la estabilidad de una ciudad española para presionar a nuestro país.
Hay asuntos sobre los que España no puede permitirse titubeos, y la defensa de Ceuta es uno de ellos. El PP ha hecho bien en advertir a Marruecos de que la integridad territorial española se defenderá “con firmeza”. No se trata de buscar una pelea diplomática ni de alimentar tensiones innecesarias: se trata de dejar claro que Ceuta es España, que sus fronteras son españolas y que ningún país puede jugar con la estabilidad de una ciudad española para presionar a nuestro país.
Y si hablamos de firmeza, también hay que hablar de memoria. Lo ocurrido en Ceuta no puede despacharse como un simple episodio migratorio. Cuando miles de personas llegaron de forma masiva a la frontera, España sufrió una situación excepcional que puso en jaque a una ciudad entera. Por eso resulta legítimo exigir explicaciones y señalar responsabilidades políticas cuando existen indicios o circunstancias que apuntan a una utilización de la frontera como instrumento de presión.
Marruecos puede y debe ser un país vecino con el que España mantenga relaciones de cooperación, pero la buena vecindad no significa aceptar cualquier cosa. La colaboración en materia migratoria, económica o de seguridad no puede convertirse en una carta blanca para que Rabat marque hasta dónde puede llegar España en la defensa de sus propios intereses. Con los amigos se dialoga; ante las presiones, se responde.
En este asunto, el Gobierno de España debería hablar con una sola voz y transmitir un mensaje inequívoco. Ceuta no es moneda de cambio, no es una pieza negociable y no puede quedar a merced de intereses ajenos. El PP acierta cuando reclama firmeza, porque defender la soberanía española no debería ser una cuestión partidista, sino una línea roja compartida por cualquier Gobierno.
Ceuta ya ha demostrado demasiadas veces que está en primera línea. Lo mínimo que puede pedir a Madrid es que, cuando llegan los problemas, también esté en primera línea. Y a Marruecos conviene recordárselo sin rodeos: España quiere cooperación y respeto mutuo, pero su integridad territorial no se negocia.