Hay algo profundamente hipócrita en el espectáculo de las ONG cuando llega una crisis migratoria: España es siempre el malo de la película. El Gobierno español es señalado, las instituciones son acusadas, se exige dinero, medios, recursos y derechos para quienes llegan, pero de Marruecos, curiosamente, se le escucha mucho menos. Y eso resulta llamativo cuando hablamos de un país que utiliza desde hace años la presión migratoria como una herramienta política frente a España. ¿Dónde están las pancartas, las ruedas de prensa y las grandes campañas internacionales contra quienes permiten que miles de personas se jueguen la vida intentando cruzar una frontera?

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Marruecos parece haberse convertido para Ceuta en el país de las tres «M»: moscas, mierda y miseria. Y lo peor es que algunas de esas «M» ya no se quedan al otro lado de la frontera. Cruzan. Llegan a nuestras playas, a nuestras calles y a nuestros espacios públicos, mientras aquí seguimos discutiendo si podemos decir en voz alta que estamos hartos de soportarlo.

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Hay momentos en los que un país tiene que dejar de limitarse a protestar y empezar a demostrar que también sabe poner límites. Si Marruecos decide tensar la relación con España, utilizar la presión fronteriza o cuestionar una y otra vez la españolidad de Ceuta y Melilla, España debería responder con firmeza y con todas las herramientas diplomáticas y económicas que tenga a su alcance. Porque una relación de buena vecindad no puede convertirse en un cheque en blanco ni en una vía de sentido único.

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Hay días en los que uno sale a la calle y se pregunta hasta dónde vamos a llegar. Playas llenas de personas durmiendo en cualquier rincón, basura por el suelo, malos olores, suciedad y una sensación de abandono que empieza a ser difícil de explicar. Y mientras tanto seguimos con el mismo discurso de siempre: que si son niños, que si tienen frío, que si se han mojado, que si necesitan ayuda. Claro que hay situaciones que duelen y que nadie debería vivir. Pero también duele ver cómo nuestra ciudad se va deteriorando delante de nuestros propios ojos.

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Hay algo que empieza a resultar difícil de entender: ¿hasta dónde piensa llegar Marruecos mientras España sigue empeñada en mantener una relación de «amistad» con su vecino? Mohamed VI, ese rey tirano que gobierna un régimen que no es precisamente un ejemplo de democracia, contempla cómo sus ministros reivindican públicamente Ceuta y Melilla, hablan de «territorios ocupados» y hasta invocan su «liberación» en actos oficiales presididos por él mismo. Y mientras tanto, desde España seguimos hablando de cooperación, diálogo y buena vecindad.

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Ceuta, Sábado 12 de Septiembre del 2026

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