Los ateos, por lo general, acusan a los creyentes de haberse inventado a Dios para satisfacer ciertas necesidades psicológicas. Una persona razonable, afirman, puede vivir sin ese apoyo aprendiendo, en vez de eso, de los fríos y duros hechos que la ciencia, cuyos hallazgos nos llevan de manera inevitable a concluir que Dios no existe.
