El PSOE, a nivel nacional, atraviesa una etapa que parece más una tormenta permanente que una crisis pasajera. Cada movimiento genera más ruido que soluciones, y lo que antes era un partido de gobierno con rumbo, hoy da la sensación de estar gobernado por impulsos y estrategias de supervivencia a corto plazo. Arreglar eso, francamente, parece una misión imposible a estas alturas. La desconexión con la calle, los bandazos en el discurso y las tensiones internas han hecho del PSOE un reflejo de sí mismo, pero en negativo.